|
Winston
Churchill accedió al cargo de primer ministro de
Gran Bretaña en mayo de 1940, y dirigió el país
durante los años negros de 1940 y 1941, y hasta
la victoria final en 1945. Se le atribuyó la parte
de mérito en el triunfo de los ejércitos aliados,
y la gratitud general hizo que se le comparase con
Pitt el Viejo, quien condujo a Gran Bretaña a la
victoria en la Guerra de los Siete Años. Pero también
Churchill fue criticado por su conducción de la
guerra; se dijo que no tenía ni la menor idea de
estrategia y que había cometido muchos errores.
De este modo sus méritos han pasado a ser tema controvertido,
y aún no se ha aquietado la polvareda.
|
|
asumió
su cargo Churchill, acababa de caer Noruega, estaban
siendo atacadas Bélgica y Holanda, y era inminente la
derrota de Francia. De estos desastres se acusó a los
predecesores de Churchill, cuando éste era una voz solitaria
que clamaba en el desierto contra el peligro de Hitler
sin que nadie lo escuchase. De modo que cuando Churchill
se enfrentó a la batalla de Inglaterra, es decir, a
los bombardeos aéreos con que los alemanes pensaban
machacar la resistencia de los británicos para preparar
la invasión, aquél estaba considerado como uno de los
pocos líderes en quienes podía confiar el país. El partido
laborista, que había odiado siempre a Churchill, admitió
que era el mejor primer ministro disponible y durante
toda la guerra le apoyó lealmente. No hubo «puñalada
por la espalda» como la que recibió Asquith durante
la I Guerra Mundial.
|

|
|

|
concitar
apoyos principalmente gracias a su perentoriedad y obstinación
en conseguir que se hicieran las cosas. Ciertamente
trabajó con ahínco, durmió poco y exigió que los demás
hicieran lo mismo. Vigiló de cerca el esfuerzo bélico
y la marcha misma de las hostilidades, lo cual significa
que se entremetió con frecuencia en la marcha de muchos
departamentos subordinados. Lo cual sirvió, al menos,
para evitar que se durmieran, pero tal vez habría invertido
mejor el tiempo si se hubiese dedicado a estudiar la
estrategia de la guerra con sus consejeros.
Aunque, en realidad,
¿entendía algo de estrategia?
|
la
primera fase de la guerra sus preocupaciones principales fueron
la supervivencia y la victoria, sin tener una idea precisa de cómo
iban a lograrse tales cosas. En los meses cruciales, de junio de
1940 a junio de 1941, mientras Gran Bretaña luchaba sola y no tenía
más aliados que Grecia, las escasas fuerzas británicas estaban repartidas
entre la defensa de las islas, la campaña de África del Norte, las
ofensivas de Eritrea y Abisinia, la defensa de Grecia y la defensa
de Creta. Fue mucha suerte que Gran Bretaña consiguiera salir relativamente
ilesa del apuro.
En diciembre de 1941, cuando
Estados Unidos se declaró beligerante, Churchill convenció a Roosevelt
de que era preciso derrotar antes a Alemania que al Japón. Esta
decisión, aceptada de no muy buena gana por los estadounidenses,
fue de la mayor importancia en la última fase de la guerra. Pero
en este caso, Churchill tuvo de su parte a Stalin. Hubo varias reuniones
entre Churchill, Roosevelt y Stalin, pero salvo la ocasión mencionada,
el primero pocas veces logró influir sobre ninguno de los otros
dos. Sus peticiones a Roosevelt antes de la entrada en guerra de
Estados Unidos no adelantaron la intervención militar, y sólo sirvieron
para agotar las reservas británicas de divisas, puesto que era preciso
pagar los suministros estadounidenses de armamento. En la época,
Roosevelt recelaba que Gran Bretaña trataría de utilizar la guerra
para ampliar su imperio. No se daba cuenta de que los tiempos del
imperio británico ya habían fenecido, ni de que Rusia también era
una potencia imperialista como lo fue siempre. Así que en las reuniones
de las tres potencias, Churchill casi nunca pudo imponer sus criterios.
En vano intentó que apoyasen su plan de un gran ataque aliado por
los Balcanes (el fantasma de Gallipoli, un fracaso de Churchill
en la guerra anterior). Y viceversa, casi hasta la víspera del Día
D Churchill albergó muy poco entusiasmo por la apertura del llamado
«segundo frente».
|
|
|

|
En la foto Churchill, Rooswelt , y Joseph Stalin.
Por cuanto he visto de nuestros
amigos los rusos durante la guerra, estoy convencido de que nada admiran más
que la fuerza y nada respetan menos que la debilidad (...) Es preciso que los
pueblos de lengua inglesa se unan con urgencia para impedir a los rusos toda
tentativa de codicia o aventura.
Westminster
College, Fulton, Missouri
5 de marzo de 1946
|
sus
relaciones con los subordinados fueron siempre excelentes. Muchas
veces, los miembros de su gabinete y más a menudo todavía los de
su administración, eran los últimos en enterarse de las decisiones
más recientes de Churchill, aunque afectasen a sus departamentos.
Pero le mantuvieron la lealtad. A sus mandos siempre los urgió a
la acción incluso cuando la acción no era posible o podía conducir
al desastre. Como fue el caso cuando el general Wavell, presionado
por Churchill para que atacase al enemigo desde Egipto, pidió tres
meses para preparar la operación así como grandes suministros de
tanques y pertrechos, que le fueron negados. Churchill defenestró
a Wavell, nombró para el puesto al general Montgomery y le concedió
a éste todos los refuerzos que se le habían negado a Wavell, además
de cinco meses de preparación. Pero las victorias de Montgomery
hicieron olvidar el trato infligido a Wavell. El primer ministro
azuzaba a los mandos que estaban en los frentes y los cambiaba de
destino cuando la ofensiva no salía adelante; en cambio se mostró
de una indulgencia exagerada con algunos de sus íntimos. Tal vez
confió demasiado en Bea-verbrook y en Brendan Bracken, lo mismo
que fue casi el único en apoyar al mariscal Harris frente a las
críticas de casi toda el arma de Aviación. También tuvo sus desencuentros
con el general De Gaulle, aunque... quién no los tuvo.
En ocasiones, su obstinación
bordeaba la estupidez, como cuando tuvo que intervenir el rey Jorge
VI para evitar que Churchill participase, como se proponía, en el
desembarco del Día D: un triunfo del sentido común sobre la impetuosidad.
Y su propuesta de unión entre Gran Bretaña y la Francia de 1940
a punto de ser derrotada fue más patética que profética. Pero dejemos
esto: es relativamente fácil confeccionar, por selección negativa,
un catálogo de los errores de Churchill durante los cinco años en
que le tocó dirigir la guerra. Su mayor triunfo fue el sentido de
determinación que aportó desde que se hizo cargo del ministerio.
Era el hombre capaz de conseguir que se hicieran las cosas, y así
lo anunció al país en el parlamento y a través de la radio. Cuando
ocurría un desastre no trataba (normalmente) de ocultarlo a la opinión.
Y cuando anunció «sangre, sudor, fatigas y lágrimas» los hombres
y mujeres del país se alzaron a la altura del desafío. Siempre que
fue necesario tomar decisiones, las tomó, bien o mal. Nadie más
habría inflamado la voluntad británica de resistir como él lo hizo
en 1940.
Aquellos de su gabinete que,
ante la derrota de Francia, deseaban considerar una paZ negociada,
no supieron medir con quién se las tenían. No fue perfecto, ni un
superhombre, pero sin él es muy posible que Gran Bretaña hubiese
capitulado ante Hitler dejando al amigo americano solo ante el peligro
y con una tarea casi imposible.
|
|
|