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la liberación, los partisanos franceses e italianos —en ambos
grupos abundaban los comunistas convencidos asesinaron hasta 8.000
sospechosos de colaboracionismo, a menudo con tropas aliadas en
las proximidades. La guerra habia polarizado ambas naciones. En
Francia, por ejemplo, los alemanes habían dado muerte a unos 60.000
resistentes, pero la aviación y la artlliería de los aliados habían
matado a todavía más franceses, aunque fuese sin mala intención.
Los franceses también creían
que Gran Bretaña los había abandonado en 1940 y los norteamericanos
parecían ser meramente los nuevos títeres de los ingleses. Sin embargo,
los franceses partidarios del régimen de Vichy habían sido aún más
pérfidos al convertirse de buen grado en instrumentos de los nazis
para la traición., la deportación y la muerte.
Las autoridades norteamericanas
y británicas en Alemania trataron de comprar un poco de perdón de
los franceses deteniendo a sospechosos de colaboracionismo —como,
por ejemplo, los miembros franceses de las Waffen SS— y envegándolos
a la justicia francesa. Los tribunales que actuaban bajo el draconiano
Código Napoleónico no tuvieron ningún problema para condenar a 200.000
franceses por colaboracionismo y ejecutar a 2.000, entre ellos al
jefe del gobierno de Vichy, Pierre Laval. Sin el estorbo de
ninguna ley de prescripción, los tribunales franceses juzgaron y
condenaron a partidarios de Vichy hasta entrado el decenio de 1990

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Hjalmar Schacht había sido el «mago económico» responsable de organizar la recuperación económica alemana durante la dictadura de Hitler. Nacionalista acérrimo, en 1937 se apartó del Führer a causa de los elevados gastos militares y en 1945 acabo en el campo de concentración de Dachau.
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Wilhelm Frick había sido ministro del Interior del gobierno hitleriano entre 1933 y 1943. Negó toda clase de responsabilidad en el aparato de terror y en el antisemitismo. Según dijo a sus interrogadores, cuando visitó el campo de concentración de Sachsenhausen, en 1937, lo encontró todo «en un orden y un estado perfectos».
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Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler entre 1933 y 1941, durante el proceso. A los diez días de comenzado el juicio le desapareció la amnesia que le había impedido interrogarlo debidamente, aunque le reapareció tiempo después.
La comisión de expertos nombrada por el tribunal dictaminó que Hess se permitia una "consciente exageración de su pérdida de memória". Al final fué juzgado como los demás
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toda Europa, los tribunales
nacionales y las comisiones de investigación de los gobiernos buscaron
colaboracionistas entre los escombros, tanto para castigarlos por
sus crímenes pasados como para decapitar a cualquier lovimiento
político neofascista que tratara de sacar provecho del desorden
la posguerra, como había sucedido en los años veinte. Noruega emprendió
actuaciones judiciales contra 18.000 personas y ahorcó a Vidkun
Qinsling. Los holandeses investigaron a 150.000 personas que estaban
detenidas condenaron a 66.000 por colaboracionismo y crímenes diversos.
Los belgas enviaron a miembros de la familia real al destierro interno
y condenaron a 77.000 de sus 87.000 sospechosos de actos pro nazis.
Los austríacos, que ansiaban probar que en realidad eran un pueblo
sojuzgado y, por tanto, se les debía eximir de una larga ocupación
aliada, juzgaron a 9.000 nazis y ejecutaron a 85 de ellos. Hasta
los ingleses ahorcaron a dos de sus ciudadanos por traición.
Mientras los europeos ajustaban
sus propias cuentas, los aliados occidentales trataron de castigar
los crímenes del Tercer Reich y desmantelar todo lo que quedaba
de la organización civil y política nazi para demostrar que los
comunistas no tenían el monopolio del castigo. En la zona soviética,
las autoridades llevaron a cabo su propia versión de la desnazificación
y sencillamente ejecutaron a los sospechosos o los enviaron a los
campos de trabajo del Gulag, de donde nunca volverían. Los aliados
occidentales actuaron con más decoro y creciente clemencia, pero
bajo la dirección norteamericana y británica, la desnazificación
avanzó con prisa desacostumbrada. Después de investigar a casi 14
millones de sospechosos, las autoridades de ocupación norteamericanas
ordenaron procesar a 600.000 alemanes y casi todos ellos fueron
condenados. Unos 31.000 alemanes fueron a la cárcel, mientras los
demás soportaban alguna combinación de confiscación de propiedades,
multas, pérdida de empleo gubernamental y algún tipo de prohibición
ocupacional. El general George Patton también se quedó sin empleo
—comandante del 3o ejército de Estados Unidos— debido a su franca
falta de entusiasmo por la desnazificación.
aliados, siguiendo lo acordado
en la Declaración de Moscú de octubre de 1943, procesaron a los
líderes nazis que seguían vivos por su responsabilidad criminal
al empezar la guerra y dirigirla recurriendo a la barbarie. En agosto
de 1945, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética
se pusieron de acuerdo sobre las categorías de crímenes y una estructura
para el procesamiento, el Tribunal Militar Internacional, que se
convoco en Nuremberg en octubre de 1945. Veintidós nombres de líderes
nazis constaban en las listas de inculpados y 21 de éstos se hallaban
físicamente presentes en el banquillo de los acusados. El único
líder juzgado en rebeldía fue Martin Bormann, el asesor político
más allegado a Hitler. (Suicidado ya en 1945, los restos de Bormann
no se encontraron hasta 1972.) Después de un año de declaraciones
de testigos y sutilezas judiciales, los cuatro jueces —uno por cada
potencia convocante— declararon a 19 de los acusados, entre ellos
Bormann, culpables de por lo menos una de las cuatro categorías
de crímenes: 1) conspirar para empezar una guerra de agresión; 2)
empezar la guerra cometiendo «crímenes contra la paz»; 3) participar
en comportamiento criminal en la dirección de la guerra; y 4) cometer
«crímenes contra la humanidad». Desde el punto de vista político
resultó ser menos comprometedor y más fácil demostrar la culpabilidad
de los alemanes en los cargos 3 y 4,
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El general Wilhelm Keitel era jefe del OKW y portavoz ante el ejército de las ideas y deseos del Führer. De personalidad débil, estampó su firma en las célebres «órdenes criminales» de 1941 que permitieron que soldados alemanes mataran a miles de comisarios políticos, guerrilleros y judíos
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Hermann Góring, «El gordo» generalmente tenido por el personaje más importante del grupo de criminales de guerra, fotografiado en su celda de Nuremberg. No se molestó en disimular su responsabilidad ni en negar la larga lista de hechos que le imputó la acusación.
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El general Alfred Jodl, jefe de Operaciones del cuartel general supremo de Hitler Era un técnico militar que en Nuremberg seguía convencido de que Hitler había sido «un gran jefe militar».
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toda vez que no planteaban ningún
interrogante serio sobre el apaciguamiento por parte de los aliados
ni la colaboración temporal, como en el Pacto de No Agresión nazi-soviético
de 1939.
Los jueces, los fiscales y los
defensores también sabían que estaban sentando precedentes para
el Derecho internacional al ampliar los conceptos de la criminalidad
en el uso de la fuerza para fines de Estado. Dada la clara política
genocida de la Alemania nazi —ejecutada por todos los organismos
del sistema de seguridad nazi y por toda la Wehrmacht— la culpabilidad
colectiva de los acusados todavía parece justificada en términos
morales (aunque no rigurosamente jurídicos). Once nazis fueron al
patíbulo y los restantes siete ingresaron en la cárcel para cumplir
condenas que oscilaban entre cadena perpetua y diez años. El acusado
más conocido, Hermann Goering, se suicidó con una cápsula de veneno
que llevaba oculta entre los dientes y burló así a su verdugo norteamericano.
Los que recibieron las sentencias más leves —Albert Speer (20 años),
Karl Dónitz (10 años) y Konstantin von Neurath (15 años)— ya habían
recuperado la libertad en 1966 y vivieron hasta entrados los años
ochenta. Rudolf Hess, el ayudante político de Hitler hasta su quijotesca
huida a Gran Bretaña en 1941, permaneció encarcelado hasta su muerte,
acaecida en 1987 a los 93 años de edad, principalmente para apaciguar
a los rusos.
la tensión con la Unión
Soviética iba en aumento después de 1946, los ingleses y los norteamericanos
continuaron ejerciendo sus prerrogativas para procesar a criminales
de guerra al amparo del Derecho internacional en Alemania, al tiempo
que Francia celebraba más procesos en sus propios tribunales. Muchos
de los procesamientos se basaban en los cargos 3 y 4, pero
, los procesos norteamericanos, celebrados también en Nuremberg
en 1946-¡ 1949, seguían tratando de demostrar que los jefes de la
Wehrmacht y de la industria alemana eran criminalmente responsables
de actos que infringían los cargos 1 y 2, incluido el haber servido
en organizaciones que perpetraban actos criminales. Este procesamiento
agresivo dio resultados diversos. De los 185 acusados, no se pudo
condenar a 54, otros 24 fueron al patíbulo y 107 recibieron penas
de cárcel.
La guerra fría pronto pervirtió
y acortó los esfuerzos por tender una red amplia sobre la sociedad
alemana con el fin de atrapar a más responsables de atrocidades
nazis.
Después de 1949 el nuevo gobierno
germanooccidental, apoyado ahora por los aliados occidentales como
baluarte contra el comunismo, recibió jurisdicción para supervisar
a los criminales de guerra que estaban en la cárcel. Ansiando olvidar
el pasado, los políticos germanooccidentales se mostraron clementes
y aceptaron las alegaciones de oficiales y funcionarios en el sentido
de que no habían hecho más que cumplir órdenes o no habían tenido
conocimiento de los crímenes cometidos por otros. Los norteamericanos
incluso aceptaron al general Reinhard Gehlen y su organización deinteligencia,
los Ejércitos Extranjeros del Este, que con tanta frecuencia habían
interpretado erróneamente las intenciones del enemigo, como base
para su ofensiva de espionaje contra los soviéticos.
Pocos de los que fueron condenados
a penas de cárcel por tribunales occidentales cumplieron la totalidad
de la sentencia, excepto los condenados en el Proceso de los Principales
Criminales de Guerra en Nuremberg, y estos últimos en gran parte
como resultado de la intransigencia soviética. A algunos condenados
a muerte se les conmutó la pena. Las «razones de Estado» se encargaron
de que el pasado desagradable desapareciera pronto de la conciencia
pública mientras las potencias occidentales procuraban convertir
la República Federal de Alemania en miembro político y militar de
la OTAN. Y así fue como la gran mayoría de los culpables —los hombrecillos
que habían hecho posible todo lo sucedido— vivieron hasta el fin
de sus días como funcionarios, hombres de negocios, médicos, agricultores,
trabajadores o incluso militares. La justicia sucumbió ante la conveniencia.
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El coronel Burton C. Andrus, jefe de seguridad del campo de Ashcan y de Nuremberg. Era responsable del bienestar y disciplina de los prisioneros, a los que impuso un régimen inflexible y eficaz. Según dijo a un visitante, todos estaban «chiflados».
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Los «tres grandes» (Stalin, Truman y Churchill) en la conferencia de Potsdam, en julio de 1945. Los tres coincidían en que había que formar un tribunal militar para juzgar a los principales criminales de guerra. Churchill prefería la vía rápida de la ejecución sumarísima. Stalin quería que hubiera juicio.
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Fritz Sauckel fue el cerebro que organizó durante la guerra el masivo reclutamiento forzoso de mano de obra extranjera en Alemania. En el interrogatorio repetía que sólo era un funcionario que obedecía órdenes. Según él, se trataba a los trabajadores extranjeros igual que a los alemanes.
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embargo, la disminución
de la búsqueda oficial de criminales de guerra nazis por parte de
los anglo-norteamericanos no fue garantía de seguridad para los
peores fugitivos alemanes. Las autoridades aliadas calcularon que
hasta 20.000 criminales de guerra alemanes lograron escapar en medio
del caos de 1945 y reaparecieron en América Latina o en Oriente
Medio e incluso en ciudades norteamericanas— con identidades nuevas.
De algunos, como Heinrich Müller, jefe de la Gestapo, se sigue sin
saber nada. Otros murieron viejos. El doctor Josef Mengele, cuyos
experimentos médicos con prisioneros de Auschwitz deshonraron su
profesión, murió en Brasil a la edad de 66 años. El coronel de las
SS Otto Skorzeny, el comando preferido de Hitler, se fugó de la
cárcel en Alemania y organizó Odessa, la red de nazis que sacaba
clandestinamente a sus camaradas de Europa. Skorzeny vivió rodeado
de riqueza en España hasta 1975, año de su muerte. Otros notables
nazis no encontraron refugio total. Trabajando con Simón Weisenthal,
el Javert de los perseguidores de nazis, agentes de los servicios
de inteligencia israelíes encontraron y secuestraron a Adolf Eich-mann
en Argentina para que fuera juzgado en Israel por haber dirigido
la puesta en práctica de «la Solución Final». Eichmann subió al
patíbulo en 1962. El teniente coronel de las SS Joachim Peiper,
cuyas tropas ejecutaron a 71 soldados norteamericanos durante la
batalla de las Ardenas, murió en el misterioso incendio de una casa
en Francia mucho después de la guerra. El jefe de la Gestapo en
la ciudad francesa de Lyon, Klaus Barbie, se ganó el título de «carnicero»
por su afición a la tortura. Una de sus víctimas fue Jean Moulin,
líder de la resistencia con una reputación sólo un poco menos heroica
que la de Juana de Arco. El leal ayudante de Barbie era un capitán
de la policía del régimen de Vichy en Lyon llamado Paul Touvier.
Las autoridades francesas localizaron a Barbie en Bolivia, lo trajeron
a Francia tras ser declarado culpable de crímenes de guerra, en
1987 le encerraron en la cárcel, donde pasó la poca vida que le
quedaba. Después de morir Barbie en 1991, agentes franceses encontraron
a Touvier, que en 1994 fue declarado culpable de crímenes contra
la humanidad y condenado a cadena perpetua. Incluso 55 años después
todavía hay personas que quieren saldar cuentas pendientes con los
nazis.
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